Inmoa; Prevención del cáncer; qué recomienda la evidencia científica al empezar un nuevo año - Dpto. Comunicación Inmoa
(Información remitida por la empresa firmante)
Madrid, 21 de enero 2026.- Cada comienzo de año reactiva el mismo ritual colectivo: propósitos, listas, promesas. Comer mejor, hacer más ejercicio, “cuidarse”. Desde INMOA, el Instituto de Medicina Oncológica Avanzada, advierten que en el terreno de la salud —y muy especialmente cuando hablamos de cáncer— ese impulso suele venir acompañado de un ruido de fondo difícil de ignorar: titulares simplificados, recomendaciones grandilocuentes y, no pocas veces, mensajes que prometen más de lo que la ciencia puede sostener.
Conviene detenerse. La prevención del cáncer no es un catálogo de trucos, ni una suma de hábitos mágicos. Es un campo complejo, con avances sólidos, límites claros y un principio irrenunciable: nadie enferma por hacerlo “mal”. Entender qué dice realmente la evidencia científica es el primer paso para tomar decisiones informadas, sin falsas expectativas ni culpas innecesarias.
En un contexto en el que la incidencia del cáncer aumenta de forma sostenida, estos matices son más necesarios que nunca. Hoy el cáncer es ya la primera causa de muerte en varones en España, y las estimaciones epidemiológicas indican que uno de cada dos hombres y una de cada tres mujeres desarrollará cáncer a lo largo de su vida. Cifras que invitan a la acción informada, no al alarmismo.
Prevención: una palabra, varios significados
Cuando se habla de prevención del cáncer, a menudo se mezclan conceptos distintos. Desde el punto de vista científico y de salud pública, se distinguen al menos dos niveles relevantes para la población general:
Prevención primaria: actuaciones dirigidas a reducir la probabilidad de que aparezca la enfermedad.
Prevención secundaria: detección precoz mediante programas de cribado, cuando la enfermedad aún no da síntomas.
Ambas tienen respaldo científico, pero no funcionan igual para todos los cánceres, ni dependen solo de la voluntad individual.
Además, conviene desmontar una idea muy extendida: la genética explica solo una parte minoritaria de los casos de cáncer. A día de hoy se estima que aproximadamente un 10 % de los tumores tienen un origen hereditario claramente identificado, mientras que hasta un 40 % se relacionan con factores modificables del estilo de vida, según el Plan Europeo de Prevención del Cáncer. Un dato clave para entender dónde puede actuar realmente la prevención.
Lo que sí está respaldado por la evidencia
Tabaco: el riesgo más evitable
Fumar sigue siendo la principal causa prevenible de cáncer. Dejarlo, incluso tras años de consumo, reduce significativamente el riesgo. Las políticas antitabaco son una de las estrategias más eficaces en salud pública.
Alcohol: menos siempre es mejor
En cáncer, no existe un consumo de alcohol completamente seguro. A mayor consumo, mayor riesgo. Reducirlo o eliminarlo es una medida preventiva razonable.
Alimentación y ejercicio: claves para la prevención
Una dieta equilibrada y la actividad física regular no garantizan evitar el cáncer, pero sí reducen el riesgo general y mejoran la capacidad del cuerpo para afrontar enfermedades. Lo importante es la constancia, no la perfección. Mantener masa muscular y hábitos saludables tiene beneficios reales, especialmente con la edad.
La genética pesa, pero los hábitos más
Los malos hábitos multiplican hasta por cuatro el riesgo de cáncer frente a la herencia genética. Cuidarse no es garantía, pero sí una ventaja.
Vacunación y cribados: prevención directa
La vacuna contra el VPH previene cánceres como el de cuello uterino. Además, programas de cribado poblacional (mama, colon, cuello uterino) han demostrado reducir la mortalidad cuando se aplican con criterios claros y respaldados por evidencia.
Lo que no tiene evidencia suficiente (aunque suene convincente)
Dietas milagro, suplementos “anticáncer” o planes extremos prometen certezas donde la ciencia solo puede ofrecer probabilidades. Presentar estos enfoques como soluciones preventivas no solo es incorrecto, sino que desplaza la atención de lo que sí importa y puede generar falsas expectativas.
Tampoco está respaldado el mensaje de que “si te cuidas, no enfermas”. El cáncer es una enfermedad multifactorial, donde influyen genética, azar biológico, exposiciones ambientales y envejecimiento celular. Cuidarse es recomendable; culpabilizar, no. La diferencia es fundamental. Promover hábitos saludables debe hacerse desde la información y el acompañamiento, nunca desde la presión ni el juicio.
El papel del médico: prevención personalizada, no recetas universales
Uno de los avances más relevantes en oncología no es un fármaco ni una tecnología, sino un cambio de enfoque: la personalización. No todas las personas tienen el mismo riesgo, ni se benefician de las mismas estrategias preventivas.
Aquí el rol del profesional sanitario es clave:
-Valorar antecedentes familiares
-Identificar factores de riesgo específicos
-Ajustar recomendaciones de cribado
-Evitar pruebas innecesarias o alarmismo injustificado
-En centros especializados como INMOA, esta visión integrada permite abordar la prevención desde el rigor científico, sin caer en mensajes genéricos que poco aportan a la realidad de cada persona.
En esa misma línea se enmarca el trabajo del Centro Nacional de Prevención del Cáncer, impulsado por la Dra. Elisabeth Arrojo, con el objetivo de trasladar a la sociedad una prevención basada en evidencia, sin simplificaciones ni falsas promesas.
La Dra. Arrojo ha insistido en una idea fundamental: la prevención no consiste en prometer certezas, sino en reducir riesgos de forma honesta, informada y acompañada.
Prevención y salud pública: una responsabilidad compartida
Aunque el discurso suele centrarse en el individuo, gran parte de la prevención del cáncer no depende solo de decisiones personales. Políticas de salud pública, regulación ambiental, acceso equitativo a programas de cribado y educación sanitaria tienen un impacto mayor que cualquier consejo aislado.
Por eso, cuando se habla de prevención, conviene ampliar la mirada: no es solo “qué puedo hacer yo”, sino qué se hace como sociedad para reducir riesgos evitables.
Empezar el año con información, no con promesas
Si algo enseña la evidencia científica es que la prevención del cáncer no es espectacular, pero sí efectiva cuando se aplica con criterio. No hay atajos ni garantías absolutas. Hay conocimiento acumulado, prudencia y decisiones informadas.
Tal vez ese sea el mejor propósito de año nuevo en salud: informarse mejor, desconfiar de los mensajes simplistas y entender que cuidarse no es una obligación moral, sino una oportunidad razonable dentro de un marco realista.
En el próximo artículo de esta serie se abordará una pregunta habitual y necesaria: qué significa realmente la detección precoz y cuándo puede dejar de ser beneficiosa. Una conversación incómoda para algunos, pero imprescindible si se quiere hablar de prevención con honestidad científica.
Emisor: Inmoa
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